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miércoles 28 de junio del 2000 | ||
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La familia del inminente cónyuge, aunque paga gustosa, todavía se da el lujo de regatear el precio que el padre de la joven pone a su hija, hasta llegar al “ni tú ni yo... quedamos en tanto...”, como en cualquier mercado, como si se tratara de cualquier producto. En esta comunidad triqui, como en muchas más de la misma etnia que se localizan en otras zonas de la Mixteca oaxaqueña, las mujeres son vendidas y se regatea su precio. Internamente, en estos “usos y costumbres”, no se trata de una venta sino de redondear la dote. Como fuese, lo que menos importa es el amor y la intensidad del latido: lo importante es tener mujer y tener marido a la edad casadera, a los 14, a los 15, o muy grande, a los 16. Con más edad, es considerada como una mujer quedada. Muchas veces son mujeres rasgadas en su virginidad cuando apenas han tenido la primera menstruación y aún se asustan cuando ésta llega. Y eso que aquí el “uso y la costumbre” casamentera es benévola con ellas, porque en otras comunidades triquis, una mujer vale más antes de la menarca, pues dicen “es mejor que se la chingue el tigre, a que se la chingue la luna”. En ocasiones éstas son uniones dolorosas e inhumanas, al ojo occidental, pues el hombre indígena algunas veces llega a rebasar los 50 años de edad, mientras que la esposa mujer ni siquiera a cumplido los 14. Incluso hay poblaciones triquis en donde el uso y la costumbre permiten al hombre vivir hasta con cinco mujeres bajo el mismo techo conyugal. En esta comunidad, cuando un hombre o una mujer llega a los 14 o 15 años de edad, “ya es tiempo” de buscar pareja. Entonces se reúnen el padre, la madre y los padrinos para plantearle al hijo hombre: “ya estás grande, ya es tiempo que vamos a buscar a tu esposa, los demás (de tu edad) ya tienen esposa”. De algún modo, el hijo hombre también es obligado, podría decirse, a tener pareja a edad temprana, cuando por lo mismo en la mayoría de las veces todavía no les llama la atención la redondez de un seno, la dureza de un pezón, la firmeza de unas piernas o la sinuosidad de un cuerpo desnudo. A él no le queda otro remedio, acepta la unión pero escoge. ¿Cuál mujer te gusta? Una opción que no se le permite a las mujeres. Una vez que el joven escoge a la que será su mujer, los padres y padrinos buscan al “pagador” o al que “da la bienvenida”, un mediador entre ambas familias, quien llega a la casa escogida con el pretexto de saludar. “Vengo a visitar a mi primo”, dicen, “porque la gente no abre tan fácilmente la puerta”, explican vecinos del lugar. Y es cuando todos están distraídos, los familiares del joven entran a la casa de la futura consorte. Entonces el “pagador” asume su papel y da la bienvenida y explica el motivo verdadero de la visita. “Venimos a pedir la mano de su hija porque al hijo de él le gusta. El no quiso llegar a una violencia, él consultó con su mamá, con su papá, el nos dijo tres veces que le gusta la hija de usted”. En ese momento empieza la negociación, una especie de regateo. El padre de la futura consorte pone el precio, o como ellos lo ven con naturalidad, la cantidad de la dote. Al respecto, los triquis explican: “el padre de la muchacha pide tanto”, es como negocio. Pido cinco mil pesos y el familiar del hombre dice yo le doy mil pesos. Hasta que llegan a un acuerdo. Y no da ni mil ni cinco mil pesos, sino 500. La negociación incluye además de la cantidad en efectivo, el consumo de cervezas, refrescos y aguardiente. Según la costumbre, el regateo empieza entre las diez u once de la noche y puede concluirse luego, o incluso, puede prolongarse hasta una semana, hasta llegar a un acuerdo satisfactorio entre ambas familias. Ni él ni ella intervienen, sólo acatan el resultado y tienen que ir al lecho conyugal sin antes siquiera haberse tocado las manos. Por eso en esta comunidad los padres hacen fiesta cuando sus mujeres dan a luz una niña. Una virgen en estos momentos vale 12 mil pesos, una mujer “fracasada”, es decir, dejada por el primero o segundo marido, vale entre cinco y cuatro mil pesos. Eso, en efectivo, más el consumo. En ese rango también ubican a las mujeres viudas. La devaluación obedece a que “ya son como camisas de segunda mano”. El costo de la mujer depende del precio que le haya puesto a la última joven en el pueblo. Se corre la voz de la última negociación. Ya no hay fiesta, la boda es la operación comercial que realizan. Aunque algunos le llaman una costumbre donde el efectivo y el consumo es la dote. “Buscar pareja” significa buscarle esposa, aunque no firmen un contrato civil ante un juez, aunque no se juren amor eterno. La mujer tiene que aceptar por esposo al hombre con cuyos padres hubo negociación. Y en alguna rara ocasión cuando la mujer se niega, la encierran en un cuarto hasta que se consuma la relación. Después viven en la casa materna. Así los padres saben qué clase de marido tiene su hija por unos 10 o 15 días, “si corta leña o siembra, dicen, a mi hija le tocó suerte”. Leobardo Nicolás Miguel, tesorero municipal, dice que este uso y costumbre casamentero ya está cambiando, desde 1980 ha cambiado poco a poco, aunque todavía se da en 30 por ciento. En cambio, personas que prestan su servicio social en el pueblo, dicen que es a la inversa. Que la costumbre casamentera se da en 70 por ciento. Aunque coinciden en que las nuevas generaciones empiezan a rechazar esa costumbre, piden que no intervengan los padres, porque las relaciones se hacen entre dos. Esto tiene que ver porque muchos estudian no sólo la primaria, sino también asisten a la telesecundaria de la comunidad. Otras veces la intervención de otras personas han salvado a las jóvenes y a los muchachos de cumplir con esa “tradición”, como es el caso del actual presidente municipal Trinidad González a quien sus padres pretendían casar, pero su hermano que trabaja en el Distrito Federal lo sacó del pueblo a tiempo, lo envío a la escuela y hasta se fue de migrante a Estados Unidos, de donde regresó para cumplir con el cargo, luego de que fue electo pese a no estar presente.
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