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comunicación e información de la mujer miércoles 31 de enero del 2001 |
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El primer gran encuentro antiglobalización a escala mundial no resultó así como ni el final pulido de un camino --que parece sólo comenzar--, ni la oferta de soluciones alternativas a escala planetaria como en algún momento se pensaba lograr, pero sí constituyó la más importante autoconvocatoria del movimiento popular y social en esta nueva era de lucha antiglobalizadora, señala Sergio Ferrari, enviado especial de la Agencia Pulsar a Porto Alegre. Ferrari indica que si de Chiapas --enero de 1994-- a Seattle --diciembre de 1999-- hubo un largo camino de casi cinco años para reformular nuevas formas de respuesta global y universalización de la solidaridad, de Seattle a Porto Alegre el trecho fue mucho más corto y las energías del movimiento social se multiplicaron. Esta es la principal señal analítica para comprender que de Porto Alegre en adelante los tiempos políticos pasarán a ser el gran interrogante de un proceso desatado, tan dinámico como complejo, y donde los medios, las propuestas programáticas, la reformulación de alianzas y la agenda común o semicompartida engrosarán un gran debate de fondo que Porto Alegre no hizo más que clarificar, sistematizar, estimular y asumir como su principal logro. Para Ferrari es imposible imaginar al Foro Social Mundial en su fórmulas y características fuera de una dinámica Sur, activa y cuestionadora como la del movimiento popular brasileño y latinoamericano actual. El avance experimentado en Porto Alegre, sin embargo, está ligado a la naturaleza misma de la convocatoria. Por primera vez en la última década el movimiento social no se reúne para responder, sino para proponer; no se moviliza para obstaculizar y resistir, sino para soñar despierto y construir. En ese marco, Porto Alegre y el estado de Río Grande del Sur, gobernados por fuerzas progresistas desde hace años, se convirtieron en un escenario “ideal”. Con una activa participación ciudadana, con experimentos únicos en ejecución como el presupuesto participativo, dinamizados por una nueva forma de democracia interactiva y sin el peso represivo que marcaron todas las últimas convocatorias desde Seattle a Davos, pasando por Praga y Millau --con la única excepción de la Cumbre Social Mundial de Ginebra en junio pasado. La declaración final de cerca de 150 organizaciones ciudadanas define con precisión el calendario de protestas y movilizaciones que se empujarán en común en todo el año, desde Cancún --Foro Económico Mundial en febrero--, hasta el G-8 en julio en Génova, pasando por el Area de Libre Comercio de las América (en Buenos Aires y Quebec) y llegando de nuevo a las asambleas y cumbres del Fondo Monetario Internacional-Banco Mundial y de la Organización Mundial de Comercio en el último semestre del año. Será, sin embrago, en los próximos “Porto Alegres”, que se repetirán cada año en la misma fecha que Davos que podrán construir las propuestas viables “de globalización de alternativas y solidaridad”. Partiendo de una lectura más clara de las necesidades, potencialidades y límites, nacida, sin duda, en este Foro que acaba de concluir. Quedan abiertas, también, como preguntas a despejar, la articulación real de los movimientos sociales entre sí, de los movimientos sociales con las Organizaciones no Gubernamentales y de los movimientos populares con los intelectuales que dicen representarlos. Cuestión clave para la continuación de todo proceso antiglobalizador. A pesar de esas preguntas, Porto Alegre significó un nuevo recuadre de los actores y protagonistas, volviendo a retomar la hegemonía de movimientos sociales consolidados.
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