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comunicación e información de la mujer viernes 1° de junio del 2001 |
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Cuando nació, ya infectado durante el embarazo, los médicos no le daban más que unos pocos meses de vida. Pero Nkosi Johnson resistió, se aferró a la vida y decidió luchar, informa la agencia Púlsar. En la gran convención de Durban, su madre adoptiva consiguió que miles de técnicos y funcionarios de todo el mundo le escucharan. A todos conmovió con su dramático llamado para que los enfermos de Sida fueran tratados como personas y tuvieran posibilidad de tratamiento. Fue tal la repercusión, que en otros foros internacionales Nkosi fue invitado para que su voz fuera la de millones de infectados sin posibilidad de hacerse escuchar. El asumió con determinación y coraje ese desafío y llevó ese mensaje. Su sola presencia, su tenacidad para aferrarse a la vida bastaba para desarmar los argumentos de las grandes multinacionales farmacéuticas que intentaron evitar que Sudáfrica pudiera comprar masivamente genéricos contra el Sida o fabricarlos sin su licencia. A finales del año pasado, Nkosi sufrió daños cerebrales irreparables. Los médicos le enviaron a su casa y dijeron que la medicina había hecho todo lo posible. Esta madrugada, convertido en piel y huesos, Nkosi finalmente murió. Al menos físicamente, porque para millones de sudafricanos su figura y su ejemplo estarán más vivos que nunca. Doce años le bastaron para dar una batalla por la vida y la dignidad que quizás muchos adultos nunca lleguemos a dar. Como dijo el legendario ex presidente Nelson Mandela, hace falta mucho coraje y convicción para recorrer el camino de Nkosi.
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