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comunicación e información de la mujer sábado 6 de octubre del 2001 |
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Para el también antropólogo y lingüista Daniel Cazés, el acceso que los hombres tienen a los medios de producción ha ocasionado que el tiempo se haya masculinizado y sea donde se ubique la creativida, la dominación, la racionalidad, la violencia, la conducción de prójimo y las decisiones sobre las vidas propia y ajena, características que ha llevado a definir el tiempo como “tiempo de patriarcado”, un tiempo aparentemente eterno, pues se sitúa en el presente, el pasado, el futuro cuyo único paradigma es el hombre. Tal preponderancia, según Cazés, es posible gracias a la expropiación de los recursos vitales que los hombres han hecho a las mujeres, y que ha traído como consecuencia que el dominio sea atributo de un solo género, el masculino, y el sometimiento lo sea de otro, femenino, imponiendo así las desigualdades y la opresión que minimizan en lo posible un cambio radical. Aunque no todos los hombres son plenamente dueños del mundo, de su vida y de su tiempo, ya que siempre habrá hombres más poderosos que otros, prácticamente todos tienen acceso al dominio en el ámbito doméstico, pues constituye un requisito fundamental para ser reconocidos como “hombre íntegro, un hombre de verdad”. De esta manera, no sólo las 24 horas del día, sino todo el tiempo de vida de hombres y mujeres se encuentra marcado por un complejo proceso social donde las mujeres por ser mujeres, son relagadas al ámbito privado donde también experimentan la dominación de un ser considerado superior. Para este propósito, señala Cazés, la religión juega un papel muy importante pues constituye un mecanismo que refuerza, en los hombres, su poder para nombrar, ordenar, su tiempo de creación y de apropiación del universo, y en las mujeres el mandato de consagrar gran parte de su tiempo en convertir en virtud no sólo el soportar con resignación la dependencia, sino asimilarla como algo natural, reproduciendo así esta situación de desigualdad. Daniel Cazés sustenta esta hipótesis en un estudio realizado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en 14 países industrializados, nueve países en desarrollo y ocho de Europa del este, donde se examinó una muestra del uso del tiempo y que resumió de la siguiente manera. En los países en desarrollo, las mujeres destinan el 53 por ciento del tiempo total a todas las actividades económicas, mientras que los hombres destinan el 47 por ciento. En los países industrializados, el tiempo total dedicado por las mujeres a las actividades económicas alcanza el 51 por ciento mientras que en los hombres es del 49 por ciento. De ese tiempo económico femenino, sólo en 34 por ciento se registra en el Sistema de Cuentas Nacionales de la ONU, del correspondiente al masculino se registra el 76 por ciento, es decir, el 66 por ciento del trabajo de las mujeres es invisibles, en tanto que el trabajo de los hombres es invisible en un 24 por ciento. Por otra parte, el mismo informe de PNUD, deja de manifiesto que “en la conducción del mundo”, los hombres ocupan el 94 por ciento de los puestos ministeriales, el 90 por ciento de los escaños parlamentarios y el 86 por ciento de los puestos administrativos y ejecutivos. Además, el 62 por ciento de la llamada población activa la integran los hombres, quienes abarcan el 54 por ciento de la matrícula escolar a sus tres niveles. Para Daniel Cazés, el estudio muestra claramente las injusticias e iniquidades que produce un mundo creado por hombre y para hombres, pues aunque ellos destinan entre ocho y diez horas diarias a sus labores -generalmente públicas-, las mujeres destinan hasta 15 horas de su tiempo en sus actividades, además de hacerse cargo de los quehaceres del hogar y el cuidado de los hijos, labores que ocupan las 24 horas del día. Estas iniquidades se complican, según el estudio del PNUD, en zonas marginadas pues el estudio comprobó que acarrear varias veces al día dos baldes de agua con 14 litros cada uno, a varios kilómetros de distancia, requiere el mismo esfuerzo físico que trabajar con el arado y no es considerado como un trabajo productivo, sino como un deber natural. Lo anterior, explica Cazés, demuestra que las posibilidades para hombres y mujeres son desiguales, iniquitativas e injustas, no obstante, los cambios que comenzamos a conocer en las legislaciones y las instituciones, han sido resultados del esfuerzo de las mujeres durante la última mitad del siglo 20. Estos cambios, sin embargo, son vistos con desprecio, desinterés y temor ya que significan de alguna manera perder el poder que hasta ahora, ha sido exclusivo de los hombres. Lo cual, continúa, se debe a que ellos tampoco se dan cuenta de la opresión en la que viven, opresión que los lleva a destinar gran parte de su tiempo a evitar sentir las emociones que tenga la más mínima semejanza a sensibilidades y vulnerabilidades identificadas culturalmente como femeninas y a asimilarse como seres superiores y dominantes. Ante esta realidad, Daniel Cazés afirma que la certeza de la equidad, depende de la conjunción con los planteamientos feministas y que los hombres comiencen sus propias búsquedas liberadoras.
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