comunicación e información de la mujer
lunes 3 de septiembre del 2001

  • Indígena chiapaneca, espera que Fox cumpla su palabra

  • Rosa Vázquez, profesión: bordadora

    Mérida, Yucatán, 3 de septiembre, 2001 (Dunia Rodríguez, enviada CIMAC).- Rosa Vázquez ha oído la voz del presidente cuando dice que “las mujeres tenemos que vivir mejor”.

    Ella espera que cumpla su palabra. Indígena, originaria de Stalelal, Chiapas, Rosa, de 34 años, es madre de tres hijos y una niña. El mayor tiene 10 años. Después de su último parto, hace 18 meses, decidió “tomar pastillas para la planificación familiar” porque “todo sale muy caro y hay que comprarles zapatos y algo de comer”.

    Bordadora y tejedora desde niña, opina que “si el gobierno quiere que los indígenas vivamos mejor tiene que ayudarnos a mejorar el mercado de nuestras artesanías, porque esta es nuestra forma de vida pero tenemos muchos problemas para sacar la venta”.

    Rosa Vázquez vive con sus hijos y su esposo --que se ocupa como velador--, en San Cristóbal de las Casas. Habita en un espacio de la tienda cooperativa donde se comercian las artesanías de más de 100 mujeres de Stalelal. Ella es la encargada de ese local donde pasa casi todo el tiempo, ya que sólo van a la comunidad cuando es temporada de trabajar en el campo.

    Rosa encabeza a un grupo de cuatro mujeres de la cooperativa que acudieron a la Feria del Bordado Maya Comercial 2001 que se desarrolla a partir de hoy en Mérida. Relata que su participación se dio con el apoyo que del Instituto Nacional Indigenista, que les pagó el pasaje para llegar a Yucatán.

    El boleto de regreso, sus alimentos y estancia, lo tiene que sacar de la venta que hagan en la feria. Pero si no venden, “lo importante es que se conoce nuestro trabajo y lo ve otra gente”.

    En Chiapas, la venta de las artesanías es difícil ya que enfrentan la competencia de los productos guatemaltecos que se ofrecen más baratos por ser hechos a máquina.

    En cambio las tejedoras y bordadoras de la cooperativa que representa, buscan rescatar el tejido tradicional, el teñido con pigmentos naturales y hacer trabajos de calidad que dejen constancia de sus tradiciones, explica. Relata que tan sólo el bordado de un cojín de 45 centímetros, cuyo precio es de 120 pesos, en su diseño y confección en telar de cintura, invierten 15 días. El mismo tiempo ocupan para elaborar un par de manteles individuales que cuesta 40 pesos.

    Como a muchas de sus compañeras, a Rosa le es imposible calcular lo que puede ganar en un mes con la venta de su trabajo; tampoco tiene cuenta del número de piezas que puede hacer, ya que el tiempo para estar en el telar, es aquel que 'sobra' luego de haber atendido los quehaceres domésticos y cuando los hijos se duermen. De complexión delgada, Rosa es de baja estatura e ideas firmes.

    Dice no saber qué es eso de la ley indígena, pero desea que sus hijos tengan mejores alimentos; para ella es vital contar con materiales más baratos para trabajar su telar, “poder vender y tener mejor mercado y que el Vicente Fox cumpla su palabra”.

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