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comunicación e información de la mujer martes 4 de septiembre del 2001 |
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A los once años aprendió a bordar, con sus amigas, porque su madre no sabía. Es integrante del Consejo de la Mujer Maya, pertenece además al grupo Pro-teje, y ahora coordina a 14 mujeres de su aldea que tejen y bordan. “Todas ellas trabajan para ayudar a la casa y yo soy la que recibo los pedidos y traigo los tejidos a la capital”, cuenta. Bárbara es de la aldea Chinimachicaj, municipio de Patzún, departamento de Chimaltenango, Guatemala. Vino a México a participar en el foro “Los retos del bordado maya comercial” que se lleva a cabo en esta ciudad. Ella cuenta su vida; una historia de lucha y trabajo, envuelta en guerra y pobreza; premiada por una cultura que la subordina por ser mujer y ser indígena. “Estudié hasta el sexto año de primaria. Mi papá ya no quiso apoyarme porque iba a tener hijos en vez de ganar una carrera. Mis dos hermanos son maestros de educación. En un principio no le di importancia, porque pensé que me iban a dar lo mismo, pero me trataban diferente por ser mujer. Después me rebelé, quería estudiar porque con un grado las cosas son más fáciles”. Deseosa de estudiar, desde los 15 años, empezó a recibir cursos sobre derechos humanos “ y sobre la juventud. Seguí aprendiendo y atendiendo los cursos”. Pero llegó la guerra que la desplazó a otras comunidades y la colocó como empleada doméstica. En las noches, bordaba. Sacaba tres hipiles al mes, dice. “Con lo que yo ganaba mantenía a la familia entera. Ellos no ganaban nada porque no conseguían trabajo y no podían salir. Como somos indígenas siempre tenemos el traje y siempre nos chequeaban los del ejército, pues todos los de las aldeas siempre son chequeados”. Ella se casó en 1989 cuando tenía 21 años. Antes de eso, apunta, ya pertenecía al Consejo de la Mujer Maya, organización que se dedica a tejer y “hacen asambleas donde se habla del derecho de la mujer, de plantas medicinales, sobre los tejidos, cómo distribuirlos en los mercados y calidad de trabajo”. Relata que en un principio su esposo le autorizó participar en el grupo y en los cursos donde aprendió a ponerle calidad y precio a sus trabajos. Esto le permitía contribuir con parte del gasto de la casa. “Mi marido se acostumbró a que yo aportara y lo que él ganaba, lo botaba y tomaba. Al año después de que nos casamos empezó a maltratarme y decía que yo me creía ‘grande’, porque tenía dinero”. Desde hace dos años Bárbara vive sola con sus tres hijos, en una casa que construyó gracias a un préstamo en un terreno que le heredó su padre. A pesar de que aprendió mejorar sus artesanías y sabe que tiene derechos, enfrenta la voracidad de los intermediarios y el raquítico valor monetario que le dan por su productos; sin embargo, asienta: “todo el tiempo que llevo de trabajar he tejido y bordado y esto me ha ayudado para mantener a mi familia. Mientras pueda lo seguiré haciendo.” Historias como ésta se cuentan en el foro donde Bárbara participó y que forma parte de las actividades de la Feria del Bordado Maya Comercial 2001. La feria se desarrolla en Mérida los días 3 y 4 de septiembre bajo el auspicio del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Asociación Tumben Kinam, AC, Casa de las Artesanías del Gobierno del Estado de Yucatán, Museo Ixchel, Agexpront, Ministerio de Economía de Guatemala y el Programa de Pequeños Subsidios (PPS).
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