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comunicación e información de la mujer viernes 14 de septiembre del 2001 |
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Pablo F. Marentes Martínez. En abril de 1995, una bomba de fabricación casera (tambos de diesel reforzados con fertilizante) estalló al frente de un edificio de oficinas federales en Oklahoma, matando a centenares de personas. Los "líderes" de opinión y las primeras pesquisas del gobierno norteamericano apuntaron enseguida a terroristas islámicos. Más tarde, las evidencias duras permitieron concluir que los culpables eran miembros de una poderosa y vasta subcultura norteamericana de autodenominados "patriotas", quienes postulan la abolición total del gobierno federal, al cual consideran una realidad siniestra y fuera de control, y pretenden abolir la concentración de poder acumulada en Washington durante los 40 años que duró la Guerra Fría. El movimiento "ultranacionalista" tenía --o tiene-- células en 40 de los 50 estados de la Unión y militan en él alrededor de 12 millones de ciudadanos norteamericanos, de los que al menos 100 mil se organizaron en milicias armadas. Posee una estructura de corte guerrillero, por lo que en lugar de asumir un mando nacional central, adoptó una red horizontal descentralizada, completamente ajena a los partidos políticos, a los sindicatos o a cualquier otro tipo de organización social, y unida por medio de redes informáticas. Resultó que Timothy McVeigh, un veterano de la guerra del golfo, y miembro de esa organización fue hallado culpable y ejecutado. No es el único antecedente de organizaciones terroristas operando desde el interior mismo de la sociedad norteamericana. Incluso hay algunas que dan cuenta de estar organizadas por las estructuras de poder político, económico y hasta militar. No se trata del "Unabomber" --aquél que mandaba cartas bomba para protestar contra la industrialización y la tecnología--, o del que individuo que en 1985 entró a un McDonalds en San Diego y ametralló a las familias que ahí se encontraban, o incluso del tristemente célebre John Wilkes Booth, el actor fanático que asesinó al presidente Lincoln en 1865, o de Leon Czolgosz, quien mató al presidente McKinley en 1901. En esos casos, como en muchos otros, hasta donde se sabe, los asesinos actuaron solos, razón por la cual no puede hablarse de una conspiración. En cambio, es relativamente fácil recordar la legendaria corrupción institucional que predominó durante la prohibición del alcohol y que propició el surgimiento de organizaciones criminales como la del legendario Al Capone, que dejó una tradición de violencia y corrupción sindical que sigue vigente hasta ahora. No es posible dejar de mencionar en esta ecuación, al Ku Klux Klan, la siniestra sociedad racista que acostumbra aterrorizar y matar a quien se atreva a postular la igualdad entre los seres humanos con distinto color de piel. Ahí está también la fracasada política norteamericana antidrogas, que nada ha logrado para dar con los grandes capos del narcotráfico en ese país y menos aún ha podido revertir los índices de adicción que coloca a Estados Unidos como la sociedad más consumidora de drogas. Desde luego quedó inscrita con letras de oro dentro de la vocación democrática y pacifista del gobierno gringo, el enjuague que se convirtió en escándalo, cuando fue descubierta una operación del ejército norteamericano que le vendía armas a Irán para financiar el apoyo a la contrarrevolución nicaragüense. La lista de ejemplos es larga. Pero quizá los más ilustrativos, que explican hasta donde puede llegar el poder de las organizaciones terroristas que operan dentro de la estructura política norteamericana, son los asesinatos en serie del presidente John F Kennedy, de su hermano Robert y del reverendo pacifista Martin Luther King. Nunca fueron hallados los culpables, y la comisión encargada de investigar concretamente el asesinato de JFK, llegó a conclusiones tan absurdas que no resiste el más superficial de los análisis, razón por la cual hay quienes afirman que lo ocurrido en Dallas en 1963 fue, en los hechos, un "Golpe de Estado". Buzón Electrónico: pablomarentes@journalist.com
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