semana del 11 al 17 de enero del 2000

  • Informe Especial

  • La crisis de Cuba en los 90, un panorama difícil

    LA HABANA, CUBA, ENE , 2000 (Especial de SEM).- La pobreza regresó a Cuba de la mano de la crisis económica de los años 90 y afectó, sobre todo, a las mujeres de los sectores más vulnerables, separadas, de baja calificación y con toda una familia descansando sobre sus espaldas.

    El aumento de la precariedad y el déficit de viviendas, los altos precios de los alimentos, la pérdida de valor adquisitivo del peso y el poder absoluto del dólar, llegaron a la isla con el fin de la igualdad que durante casi 40 años rigió el socialismo cubano.

    El nuevo panorama, difícil para la gran mayoría de la población de más de 11 millones de habitantes, llevó a algunas familias a extremos desconocidos en la isla durante los primeros 30 años de la Revolución, liderada por el presidente Fidel Castro.

    Tal es el caso de una mujer de 27 años que en 1994 se quedó sola con dos hijas y un suegro de 68 años.

    Su esposo fue una de las 30.000 personas que durante la llamada "crisis de los balseros", vivida en agosto de ese año, se lanzaron al mar para emigrar a Estados Unidos. La mayoría de ellas huían de la crisis económica iniciada en 1990 y que aún no termina.

    "Nieves, simplemente Nieves", dice a SEM cuando le preguntamos su nombre en la puerta del cuarto donde vive. Dos camas, una mesita con una cocina de kerosene, un armario, un televisor y dos sillas, se amontonan en la pequeña habitación.

    Durante mucho tiempo confió en que el padre de sus hijas, con quien se casó a los 18 años, le enviaría dinero y haría gestiones para reclamar a su familia. Pasaron cinco años y sólo recibió unas líneas y 50 dólares.

    "Ya perdí hasta la esperanza de salir alguna vez del solar", dice Nieves. Los solares son casas de vecindad o ciudadelas, inmensas viviendas donde en cada cuarto vive una familia diferente que comparten un baño y otras áreas comunes.

    "Tuve mala suerte", dice Nieves, quien "no quiere ni acordarse" de los primeros momentos cuando no le "quedó más remedio" que abandonar su puesto en el área de servicios de una empresa y lanzarse a la calle a buscar dinero sin importar la forma.

    Ahora "vendo cualquier cosa que me den para vender: medias, chocolates, caramelos, jeans, cazuelas, aceite de cocina, una vez hasta vendí salvavidas de playa", cuenta.

    Sabe que lo que vende es robado de almacenes del Estado y que si la policía la "pesca" puede ir a la cárcel, pero no le importa. "Hay que comer y yo no sé hacer otra cosa", afirma Nieves, quien dejó los estudios en una escuela técnica para casarse.

    Sin embargo, su pobreza es diferente de la que viven otras mujeres en América Latina. Ella tiene derecho a comprar a precios subsidiados una canasta básica que incluye arroz, azúcar, huevos y granos. Tiene garantizada la salud pública, y cada mañana antes de salir a buscarse la vida, deja a sus hijas en la escuela.

    Estas peculiaridades del caso cubano y la ausencia de la pobreza como fenómeno social, colocan a Cuba en el quinto lugar de los países en desarrollo con menos pobreza, según el Informe de Desarrollo Humano 1999 del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). La isla se sitúa después de Barbados, Trinidad Tobago, Uruguay y Costa Rica.

    "El estudio de la pobreza en Cuba en la sociedad actual presenta dificultades de diverso orden", asegura la sicóloga María del Carmen Zabala, profesora asistente del Programa Cuba de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), con sede en Chile.

    Zabala publicó a finales del año pasado "Algunas consideraciones sobre familia y pobreza en Cuba", un artículo que resume los primeros resultados de una investigación que se encuentra en fase de ampliación y que partió del estudio de diez familias en situación de pobreza.

    El análisis sobre un tema considerado tabú en la isla, fue incluido en el libro "Diversidad y Complejidad Familiar en Cuba" del Centro de Estudios Demográficos de la Universidad de La Habana y del Instituto Iberoamericano de Estudios sobre Familia.

    El debate sobre este tema estuvo ausente de los medios académicos "por considerarse que luego de su erradicación como fenómeno social, la reproducción de la pobreza no se corresponde con la esencia de un proyecto de justicia y equidad social como el cubano", afirma Zabala.

    A esta carencia, se suma el déficit de una información censal y estadística actualizada. El último censo de población realizado en Cuba data de 1981 y el tiempo límite recomendable entre un censo y otro debe ser de 10 años.

    La autora recuerda que, como resultado de la aplicación de políticas coherentes, el gobierno de Castro logró eliminar como fenómenos de gran alcance social la pobreza, el analfabetismo, la insalubridad, el desempleo y la discriminación social.

    A su juicio, "Cuba, respecto de otros países de la región, se distingue además por el proceso de redistribución del ingreso nacional con mayor equidad y en beneficio de los sectores más pobres, que se logró durante las tres primeras décadas de proceso revolucionario".

    Pero la crisis económica provocó un descenso de 34,8 por ciento del Producto Interno Bruto y afectó drásticamente los niveles de vida de la población. Sin embargo, se estima que la depresión no afectó a todas las personas por igual.

    Para Zabala, el impacto de la crisis económica sobre la población se ha comportado de una forma "diferencial" y dependiendo del tipo de familia (composición, estructura, ubicación geográfica), la inserción socioclasista de sus miembros adultos y el patrimonio acumulado.

    El impacto "ha sido mucho más intenso en aquellas familias y sectores que poseían desde antes condiciones materiales de vida inferiores", asegura la experta.

    Aunque en Cuba no se publican estadísticas sobre distribución de los ingresos, se conoce por datos bancarios que en los últimos años se ha reportado una concentración de la mayor parte de los ahorros en sectores cada vez más pequeños de la población.

    Datos del Instituto Nacional de Investigaciones Económicas (INIE) y del Centro de Investigaciones de la Economía Mundial (CIEM), entidades académicas cubanas, evidencian que la población urbana en riesgo de pobreza más que se duplicó entre 1988 (6.3 por ciento) y 1996 (14,7 por ciento).

    Fuentes del INIE y del desaparecido Comité Estatal de Trabajo y Seguridad Social indican que, en 1990, el 26 por ciento de la población y el 22,5 por ciento de los núcleos familiares clasificaban en la categoría de bajos ingresos (hasta 50 pesos).

    En su trabajo "Pobreza. Un enfoque para Cuba", la experta del INIE Julia Torres afirma que estos hogares presentan una situación relativamente desventajosa, pues sólo disponen de 10.4 por ciento de los ingresos, mientras que reportan el máximo promedio de personas por núcleo (4,4).

    En la década, los salarios no crecieron significativamente, fueron eliminadas algunas gratuidades y se elevaron los precios de algunos servicios públicos (transporte, electricidad, agua y comunicaciones) y de artículos no vitales (cigarros, tabacos y bebidas alcohólicas). "El resultado evidente es entonces la disminución del poder adquisitivo de estos hogares", afirma Zabala.

    Otro de los elementos que hay que tener en cuenta al analizar la situación de la pobreza en Cuba, según la experta, es la situación crítica que enfrenta la vivienda, sobre todo en las grandes ciudades y que se evidencia en el déficit habitacional acumulado y el deterioro progresivo.

    Fuentes gubernamentales indican que en 1995 más de la mitad de las viviendas de la capital cubana se encontraban en regular o mal estado, y 13,4 por ciento de la población habanera vivía en condiciones críticas, léase en ciudadelas, focos y barrios insalubres.

    No obstante, a escala nacional, los servicios de electricidad, agua potable y saneamiento cubrían el 95, 93 y 96 por ciento de la población.

    Además de los problemas del ingreso y la vivienda, el deterioro general de la alimentación afectó con especial fuerza entre 1992 y 1994 a toda la población de la isla y, de alguna manera, se convirtió en el detonante de la crisis de los balseros en agosto del 94.

    En un solo año del consumo diario de calorías cayó de 2.845 a 1.863, según fuentes especializadas. El deterioro alimentario, combinado con causas tóxicas, provocó la aparición de la neuropatía epidémica que afectó a más de 50.000 personas en 1993.

    El consumo de calorías y proteínas descendió considerablemente y llegó a situarse, según Zabala, "en niveles cercanos a los mínimos requerimientos nutricionales aceptables para la conservación de la salud".

    En la isla, el Estado garantiza una dieta básica a precios subsidiados, pero ésta "resulta insuficiente en cantidad y calidad" por lo que debe completarse en el mercado agropecuario y en las tiendas de la red de venta en divisas.

    En ambos casos, los precios son altos y están bastante alejados del alcance de aquellas personas que viven sólo de su salario y no tienen entrada en dólares. Investigaciones del INIE demuestran que los núcleos de bajos ingresos durante los peores momentos de la crisis, no lograban cubrir el costo de una canasta básica de alimentos, encontrándose en una situación vulnerable en cuanto a su seguridad alimentaria.

    En Cuba, la cotización del dólar estadounidense pasó de 150 pesos en 1994 a 20 pesos este año. El salario medio es de 217 pesos cubanos.

    Se estima que unos 800 millones de dólares entran en la isla por la vía de las remesas y son utilizados, fundamentalmente, en la compra de productos de primera necesidad que sólo se venden en la red de tiendas en divisas abierta por las autoridades.

    Esta especificidad pone en situación de desventaja a todas aquellas personas que no tienen acceso al dólar de manera sistemática y en montos razonables y que podrían ser alrededor de la mitad de la población cubana.

    Al mismo tiempo, Zabala recuerda que "si bien los efectos de la crisis se ha hecho sentir en la calidad de los servicios básicos, el acceso a la salud, educación y seguridad social está garantizado para toda la población, mantienen su carácter gratuito y amplia cobertura".

    "En relación con lo anterior, la población cubana presenta altos niveles educacionales, de preparación técnica y profesional y de salud", asegura la experta.

    RECUADRO: Familias pobres en Cuba

    Las conclusiones parciales del estudio de familias en situación socioeconómica precaria, realizado por la sicóloga cubana María del Carmen Zabala, permite hasta el momento llegar a las siguientes conclusiones:

    a.. Se trata de familias integradas por una gran cantidad de miembros, con una estructura por edades predominantemente joven, alta presencia de niños y adolescentes y nivel de escolaridad relativamente bajo. Todo esto aumentó la precariedad, pues existe una alta carga y dependencia económica al tiempo que las personas en edad laboral pueden desempeñar sólo empleos no calificados, con remuneraciones bajas.

    b.. Existe en estos núcleos un predominio marcado de la jefatura femenina, asumida por jóvenes sin calificación profesional. Se constata una ausencia de hombres en el hogar.

    c.. Suelen ser familias nucleares, generalmente reconstruidas o monoparentales, en las cuales prima la inestabilidad de las uniones o las uniones de tipo consensual. La figura materna predomina en todas las esferas de la vida familiar y los menores carecen de la protección paterna o la reciben de forma ineficiente. Estas familias viven sobre todo en ciudadelas con problemas estructurales en sus edificios, malas condiciones higiénicas y sanitarias y presencia de hacinamiento y promiscuidad.

    d.. Se constata bajo promedio de trabajadores por hogar, salarios promedio bajos, ausencia de atención material a los hijos por parte de los padres separados.

    e.. Los niños y adolescentes de estas familias se caracterizan por tener problemas escolares que pasan por el bajo rendimiento, problemas de conducta, repetición de años escolares y deserción.

    f.. Se aprecia un patrón de emparejamiento muy temprano, alta frecuencia de embarazos en la adolescencia, tendencias que se transmiten de generación en generación y contribuyen a la reproducción de la pobreza.

    g.. Entre las estrategias que desarrollan las familias para incrementar sus ingresos y recursos, destacan venta y trueque de alimentos, priorización de los gastos en alimentación, cambios en las pautas de consumo, integración en redes sociales de apoyo, participación en negocios ilícitos. Por lo general, todas estas estrategias se dirigen a una solución a corto plazo del problema y se vinculan a una total ausencia de planes futuros.

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