semana del 11 al 17 de enero del 2000

  • MUJERES SOMOS

  • El bicho de Coti o la visitación de un ángel

    por Dunia Rodríguez Cuando las claras estaban a punto, Coti montó en llanto echando a perder el merengue para los suspiros del pastel que su hermana mayor entregaría por la tarde. Asombradas, las hermanas la vieron salir corriendo al solar luego tirar por el suelo el bol donde, esmerada, elevaba la espuma blanca.

    Las tías abuelas y mi madre salieron en su busca para saber qué le pasaba a Coti, la menor de una familia de cuatro hombres y cuatro mujeres, todas solteras, todas sin tacha, todas con honra, ése era su orgullo, presumían.

    La encontraron atrás de un árbol de aguacate, el cual, dicen, empezó a dar frutos podridos después de que Coti confesó su falta. Después de aquella mañana en que echó a perder el merengue, el último día que vistió ropas de colores fuertes.

    Casi tirada a los pies del aguacate, devolvía el desayuno. Su fuerza era tal que pudo quedar vacía de todo. Quizás eso deseaba.

    Mi madre y las tías la rodearon esperando a que concluyera su espectáculo de nausea y llanto para interrogarla inquisitoriamente hasta que Leonor la mayor, quitándose el delantal y reacomodándose las peinetas, con furia tomó el rumbo del portal para ir por el hombre que manchó la tan preciada honra de la familia.

    Coti se levantó. Desesperada corrió tras su hermana rogándole que no buscara a ‘Panchugalde’, es decir, Francisco Ugalde el novio de la tía Coti. -No, no-, gritaba sin cesar su llanto que para entonces eran gritos desalentados que desdibujaban su rostro hasta esa mañana amable y fresco.

    -Se los juro, deveras que él no me hizo nada-, berreaba mientras se apretaba la panza. -La Yácuta (Irene Yácuta, la yerbera del mercado) dijo que me va ayudar, que no tengo nada y el vómito a lo mejor fue por los tés que me recetó-, decía a pleno grito al tiempo que trataba de impedir la salida de Leonor.

    -Si ya te comiste la torta con aquél, confiésalo, y que responda como hombre el infeliz-, le reclamaban las otras hermanas y mi madre en coro.

    Coti juraba que nada había ocurrido entre ella y Panchugalde, el novio añejo que juró ante la tumba de la bisabuela sacarla de blanco. Promesa que para alcanzarla y darle un ‘hogar digno’ lo aventó hasta el ‘otro lado’. Compromiso que refrendaba cada año que venía al pueblo a las fiestas de la virgen y a entregar regalos para el que sería su hogar: un año un radio, otro la vajilla, al siguiente una tele de colores, que luego fue para todos los chiquillos de la casa.

    Aseguraba Coti que nada había pasado. -Ni los calzones me bajó-, lloraba. -Se los juro, la Yácuta dice que tengo un bicho, aquí, abajo de la panza, pero si quiero me lo puede convertir en niño-, decía en tono más tranquilo, pero luego el llanto le aguaba las palabras y nada se entendía.

    En efecto, después de nueve meses, el bicho de la tía Coti se convirtió en un Ángel que iluminó la vida y la casa de las tías abuelas. Panchugalde se fue otra vez y para siempre con su promesa, no volvió ni para enterarse que Ángel también aprendió a batir merengues y hacer suspiros.

    > Informe Semanal