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semana del 13 al 19 de junio del 2000 | ||
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Por Dunia Rodríguez. Oír los sueños que dicta el corazón es un buen remedio para la espera. De eso estaba segura Josefita. A su corta edad, tan sólo contaba con 20 primaverass, estaba aleccionada. De su madre lo supo desde sus más tiernos sueños, cuando por las noches reclamaba la presencia de su padre. El ausente, decía su madre, se fue para el norte a ganar dólares para darles una vida mejor. Esa era una historia compartida por toda la gente cercana a Josefita; historia desmentida cuando se dio cuenta que el padre nunca existió, aunque de él se hizo imágenes, recuerdos, ilusiones. Soñaba que volvería con las manos llenas de regalos, con un abrazo fuerte, con besos acumulados. Cuando la niña cumplió 15 años, presumía que él vendría a la fiesta, que por fin sus compañeras de la secundaria lo conocerían, que bailaría con él y que por fin recibiría sus besos. En la noche esperada, Josefita supo la verdad. En público, su madre le confesó lo que todo el mundo sabía. Una maternidad en soltería, el ser señalada porque ni ella supo de quien quedó embarazada. Eso dijo la gente y fue entonces que inventó que un guardia del museo del pueblo la conquistó, se fue y prometió regresar para llevárselas a las dos. La fiesta no acabó para los invitados, para Josefita empezó una nueva forma de ver la vida, de comprender los comentarios de sus compañeras de escuela, de toda la gente que la tildaba de loca por inventar a un padre que en realidad nunca llegaría, porque nunca había partido. Se preguntaba quién sería y entonces lo imaginó distinto. Porque cuando se espera algo o se espera a alguien, y ese algo o ese alguien no acude, la demora va marcando la distancia que nos aparta del latido esperanzador, decía. Cinco años después de aquella revelación y del vuelco brutal en su vida, la respiración se le agitaba, era presa del insomnio y trataba de encontrar los algos y los alguien que la acompañaran en el momento de confesar que había caído, que al igual que su madre sería señalada y, sobre todo, se preguntaba, qué tipo de padre inventaría al hijo que esperaba. Eso le ocupaba la imaginación. Inventaba personajes tan variados, desde vendedores ambulantes hasta héroes muertos en la guerrilla. Mas no encontraba respuesta, y se decía que era mejor soñar para evadir los comentarios de la vecindad, para terminar de llorar la ausencia de ese alguien que olvidó arroparle el corazón.
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| > Informe Semanal | |||