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semana del 13 al 19 de junio del 2000 | ||
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Por Lydia Cacho. Esta tarde mientras estudiaba mi manual para ser secretaria de casilla este 2 de julio, me ha sido inevitable pensar en el hartazgo que me significan las noticias políticas, al igual que la mayoría de los y las lectoras, quisiera no volver a escuchar un chisme barato o cliché electoral más. Pero allí están, en todas partes, persiguiéndonos a través de los medios: que si no importa por quién votes, lo importante es votar, que yo soy candidato del cambio sin cambio, y, alternancia a toda costa, son algunos de los lugares comunes más insufribles. Aunque resulta más agotador y comprometedor, prefiero pensar por mí misma, oponerme al simplismo del discurso político vacuo. Estas campañas me recuerdan una feria de pueblo, en la que estamos todos y todas frente a la carpa de los engendros, mientras un merolico grita a toda voz ¡pásele pásele¡ los hay enanos de dos cabezas, mujeres barbudas trasgenéricas y traspartidistas, un enclenque fortachón, un amable intolerante y un mujeriego con lenguaje de género. Así, nosotros frente a la tela rayada de la carpa entramos a ver qué espectáculo nos ofrecen los candidatos y candidatas. Casi todos son capaces de convertirse en cualquier cosa con tal de devenir en senadores, diputadas o presidentes. Aunque admito que hemos de conocer el lado humano de quienes desean gobernarnos, sería pueril creer que todos se mostrarán tal como son. El burdo teatro de los personajes es simplemente un desfile de hombres y mujeres impreparados, capaces de cualquier cosa con tal de llegar. Yo, como miles de ciudadanas y ciudadanos me niego a olvidarme de los principios y doctrinas de los partidos. Es una absoluta mentira que votemos por la persona y es ella quien hará política por nosotros. Hay quien cree que ser oposición es oponerse al PRI, ese es un simplismo; convertirse en oposición es reconstruir la forma de hacer política, no se debe destruir sino sustituir, y es allí donde está el problema. ¿Por quién sustituimos a los priistas que parecen ser el enemigo a vencer por todos los partidos políticos? ¿Por un candidato de derecha o uno de izquierda? Aunque se insista en que la derecha no es moralina ni la izquierda castrista, lo cierto es que la política se hace desde los partidos, desde el poder que responde a ciertas doctrinas esenciales. Es así como Chacho García Zalvidea, el candidato del PAN me asegura exhibiendo su intolerancia, que es provida, que la vida debe respetarse a toda costa, no está a favor del aborto; pero una vez apagada la grabadora, frente a diez personas más admite que si su hija de 14 años fuese violada, él le recomendaría que siguiera con el embarazo, pero si ella le suplica llorando que quiere abortar, sí la llevaría a una clínica respetando su derecho a hacerlo. Este es un candidato que niega los derechos constitucionales de millones de mujeres, pero en su privilegio económico respetaría el de su hija. Por otro lado, Gastón Alegre es candidato por el partido de izquierda, que resulta ser un hombre senil, sin ideología política, que la mitad del tiempo no se entera de lo que sucede a su alrededor, y quien durante una entrevista asegura sonriente que ser senador es un puesto honorario ideal para un hombre que lo tiene todo (estaciones radiofónicas, fortuna, mujeres, hotel y cinco hectáreas al pie de los vestigios arqueológicos del Naranjal, en la Zona Maya). Este hombre que al preguntarle durante una entrevista por los derechos de las mujeres, asegura ser mujeriego y que le ¡fascinan ellas… verlas, tocarlas, admirarlas! sic. Ocupará un escaño desde el cuál una voz de ideología perredista marcaría la diferencia. Lo cierto es que una vez en su puesto, los y las políticas juegan un importante papel en las negociaciones para definir las políticas que nos afectarán cotidianamente a hombres y mujeres, desde las finanzas hasta los derechos humanos. Un político congruente que responde a una doctrina política clara, definida y de convicción, puede favorecer u obstaculizar acuerdos persiguiendo la legitimización de los principios de su partido, u oponerse a ellos, pero para lograrlo es indispensable que tenga claridad de visión, inteligencia, preparación política y, sobre todo congruencia. Tras esa persona humana denominada candidato, existe la realidad de un aparato político que responde a ciertos criterios, a diferentes visiones del mundo, es por ello que la cultura política de un pueblo es la que determina qué visión del mundo es mejor para la mayoría, sin excluir a las minorías. Me parece que la cultura política que hemos ido adquiriendo los y las mexicanas en este proceso electoral, es como la mayoría de los candidatos: absolutamente light (ligera), es decir, carece de contenido ideológico, de convicciones y reflexiones. Mis errores personales me han enseñado que los procesos de la verdadera evolución tienen su propio ritmo, que el discurso del cambio por el cambio, o el de cambiar para seguir igual pueden representar la ruina, la contraevolución, digamos que el cambio ciego nos puede llevar al abismo; esta reflexión no es ni positiva ni alentadora, pero tiene alguna certidumbre para construir el futuro. Tal vez deberíamos aprender de un joven de 17 años que se acercó a su padre hace unos días, con un libro en las manos le dijo: “Quiero saber cuál es mi criterio político ¿Seré de izquierda, de derecha o demócrata? Después de una larga conversación con su padre y algunos libros por leer, anda buscando en qué cree, él no lo sabrá mañana, pero estoy convencida de que algún día podrá seguir los ideales que le dicte su conciencia. Quizá éste sea el momento para preguntarnos: ¿Cuál es la doctrina política que responde a mi visión del mundo?
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