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semana del 19 al 25 de septiembre del 2000

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  • La trampa del PAN

    Fernando Espinosa* Las sociedades totalitarias son aquellas que atacan la vida privada de sus habitantes para posteriormente desaparecer a la o el ciudadano-individuo. En cambio, en las democracias la vida privada es zona intocable y punto de partida para lograr una vida digna y una convivencia civilizada; no en balde, la principal lección que nos deja el agonizante siglo XX es que cuando un sistema de gobierno erosiona la vida privada y la libertad de los individuos, irremediablemente se produce una tremenda descomposición de la vida pública. Comunismo y fascismo son ejemplos vivos de lo anterior.

    Por ello, la separación entre lo público y lo privado se ha convertido en una de las principales responsabilidades de los regímenes políticos que se precian de respetar los derechos humanos.

    En las democracias, alrededor de instituciones legítimas, giran dos mundos: el público que responde a criterios éticos de cómo se debe ejercer la política y la función pública, y el privado, que versa sobre las decisiones morales que cada individuo toma en torno a su propia vida.

    En el aspecto público, las sociedades se han puesto de acuerdo sobre un número importante de normas generales que deben regir la gestión pública y la interacción ciudadana. En cambio, en el aspecto privado el Estado debe legislar de tal manera que no tome partido a favor o en contra de cualquiera de las múltiples visiones que coexiten en una sociedad plural y compleja.

    Frente a la controversia irresoluble entre las visiones morales de los individuos, la ley debe permitir la libertad de elección y proteger los derechos de quienes disienten. Nadie, ni el Estado, puede obligar a un ciudadano o ciudadana a tomar una decisión de orden moral, hacerlo conlleva una gravísima agresión a la vida humana.

    Aunque Vicente Fox se autodefina como el ser en que confluyen las ideologías de izquierda y derecha, existen muchos ciudadanos que aún pensamos que hay una diferencia radical en la actuación pública y privada de los simpatizantes de cada una de esas corrientes políticas. Las derechas, tienden a pensar que saben cómo deben vivir los demás y les gusta imponer su propia visión moral del mundo.

    Por más que resistan las sociedades heterogéneas, siempre se enfrentarán a la tendencia conservadora de querer convertir sus particulares creencias morales y religiosas en las normas generales de la actuación social. Por eso, las y los conservadores que votaron por Fox, lo hicieron no sólo para sacar al PRI de Los Pinos, sino también para que una vez en el poder, el presidente defendiera sus valores morales. Situación muy diferente a los ciudadanos de centro-izquierda que de forma ingenua votaron por Fox sin reflexionar sobre las implicaciones de un triunfo de la derecha, misma que por convicciones propias siempre cuestionará un orden jurídico laico y neutral en lo referente a posiciones morales. Históricamente, a la derecha siempre le ha costado mucho trabajo separar lo privado de lo público.

    En cambio, las izquierdas democráticas defienden los principios liberales que toleran y permiten la convivencia de las múltiples formas de entender la vida, la moral y la sexualidad. La izquierda moderna tiende a alejarse de la unicidad moral y promueve y defiende un sistema jurídico laico y neutral que reconozca la heterogeneidad y complejidad de las sociedades modernas. La libertad de elegir no es un asunto moral, es un derecho político.

    De ahí la importancia de que contemos con partidos de izquierda capaces de asumir plenamente su tarea de proponer un futuro más allá de las simples posiciones antigobiernistas. Lo anterior, tan obvio, lo olvidaron los ingenuos que pensaron que el voto por Fox sólo tenía el mensaje de sacar al PRI de Los Pinos y que la elección no era más que un plebiscito histórico entre democracia y dictadura.

    Las actuaciones de los diputados panistas de Guanajuato y del Ayuntamiento de Aguascalientes así como la destrucción de pinturas en Guadalajara y la belicosidad de la Iglesia católica, no son reacciones casuales, son interpretaciones puntuales del 2 de julio, de quienes creen que la sociedad votó por la desaparición de la línea que separa lo público y lo privado. Menuda sorpresa se llevarán los simplistas que piensan que con la victoria de Fox la construcción democrática está completa, pues las corrientes conservadoras harán aparecer en toda su complejidad la necesidad de refrendar en México la existencia de un estado laico y neutral.

    La trampa del PAN, es la trampa del consenso unánime, que les ha hecho pensar a los grupos más radicales de ese partido, que el triunfo de Fox representa la extinción de los conflictos de visiones siempre presentes en las sociedades modernas. Esa necia pretensión de creer que Fox nos representa a todos es precisamente la trampa que puede hacer que el PAN se convierta en lo que combatió desde su fundación: un partido político en el poder autoritario y excluyente.

    * Economista, analista político y director de la Fundación OASIS, de Quintana Roo.

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