comunicación e información de la mujer
semana del 19 al 25 de septiembre del 2000

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  • Violencia y sobrevivencia: Mujeres indígenas en la Sierra Tarahumara

    Claudia Harriss* “Yo parí mis hijos como chiva, solita, ni mi mamá venía a ayudarme y pues, cuando nació Rosa yo quedé aquí sola con el parto y empezó una balacera en la plaza, pero ésos de las armas fuertes y llegaban las balas hasta acá y unos entraron a la cocina y se pegaron contra los muros, uno se quedó adentro de la puerta y pues yo me alivié en el otro cuarto. Pues este año yo pensé que ninguno de nosotros íbamos a sobrevivir”. (Testimonio de una mujer guarijío).

    La violencia que enfrentan las mujeres en las comunidades indígenas en la Sierra Madre Occidental es cotidiana y constante. Lejos de ser de naturaleza doméstica, la violencia social que se presenta en la sierra se manifiesta de muchas maneras y hace impacto sobre las mujeres en formas particulares. Se supone que este fenómeno se debe en años recientes a las cantidades de armas de fuego importadas del país del norte y asumidas localmente en formas agresivas aparentemente para la defensa y lucro del narcotráfico.

    En una definición reducida la violencia se puede conceptualizar como una acción de dominación física o simbólica de una entidad o entidades sobre otras; es decir, las relaciones de poder que ciertos actores sociales ejercen sobre otros. La experiencia cotidiana de violencia para las mujeres guarijías de la sierra se manifiesta en las violaciones, los asaltos, las matanzas, las agresiones a sus fiestas tradicionales y hasta los rumores de violencia y venganza.

    Durante un episodio violento, la situación es caótica y el tiempo se distorsiona. La violencia es un momento social disfuncional que en estos lugares brota tanto en rituales como en los momentos de la acción cotidiana. Para las mujeres de estas comunidades esta disfuncionalidad se ha vuelto parte de la vida y la memoria colectiva.

    La vida de dichas mujeres está bajo una fuerte tensión constante de incertidumbre. No hay forma de medir a qué hora va estallar una balacera, o quién va ser la próxima víctima. Es permanente la amenaza de ser violadas o de perder a un hijo o al esposo. Para muchas se presenta la incertidumbre de como sobrevivir en el campo cuando se quedan solas sin marido y sin hijos.

    En una comunidad rural indígena, en donde la familia nuclear representa la unidad básica de sustento, la pérdida de los hombres resulta devastadora económicamente, amenazando directamente las posibilidades de sobrevivencia de los demás.

    El miedo es una forma de violencia invisible. Es el resultado de la percepción del peligro el cual no es una experiencia individual. Ha penetrado la memoria social, dividiendo comunidades por aprensión y sospecha, no sólo a los extraños, sino también entre ellos mismos. El miedo permea el aire, pero no es observable directamente. Fomenta ambigüedades, chismes y rumores que crean un ambiente de inseguridad. El miedo también se presenta como una reacción racional de sobrevivencia frente el peligro. Esta forma de defensa racional moldea las nuevas formas de organización social, que afecta las transformaciones en las tradiciones culturales de los guarijíos, transformaciones que han reducido muchos espacios sociales de estas mujeres, confinándolas a la vida doméstica y conformadas a los modelos del occidente a la vez que tienden a reducir sus roles públicos en las fiestas tradicionales.

    Tal vez es la violación sexual la forma en que las mujeres guarijías han sido más violentadas en los últimos años. La violencia sexual por parte de hombres armados es una práctica que se ha convertido en algo que afecta de manera permanente en la vida de los guarijíos.

    El peligro de un asalto de este tipo es constante y cotidiano. Esta agresión común contra las mujeres es una manera de dominar, controlar, intimidar, y restringirlas, manteniéndolas en su sitio. Físicamente el violador brutaliza el cuerpo de la víctima-sobreviviente, marcando, cicatrizando, golpeando, penetrando, devorando y liquidando. Emocionalmente violan los sentimientos, controlando, dictando, manipulando, infiltrando y demandando. Mentalmente toman autoridad sobre las acciones y palabras. Estos mecanismos de terror son ataques sobre su identidad personal y cultural de las mujeres. De esta manera la mujer sufre una disocialización, una muerte social, física y simbólica que se mantiene por meses, años o para el resto de su vida.

    Es difícil concebir cómo deben sentir estas mujeres al tener que continuar confrontando a sus agresores constantemente cuando pasean por sus rancherías, armados y a veces ebrios con autonomía total. Así la violación funciona como mecanismo de control y restricción sobre las mujeres guarijías y dominación étnica, en general, al ver que es el uso de las mujeres de los otros.

    De esta forma la violencia del narcotráfico hace una apropiación física del territorio que se reproduce de múltiples maneras: impone su territorio sobre los territorios étnicos, impone el uso de los mismos, lo cual se expone a incluso en la apropiación del cuerpo de las mujeres.

    Las mujeres guarijías son más sujetas de ser víctimas de a la violencia sexual en comparación a las otras mujeres de su región. Esto es resultado de largos procesos históricos de subordinación de su cultura por la sociedad dominante. Además, sus valores culturales dictan que Dios es quien tiene que castigar a los maleantes. Según ellos, la venganza no es deber los hombres sino tarea de Dios.

    En estas comunidades de la sierra no existen autoridades locales capacitadas para enfrentar esta situación. La denuncia a los agresores no es una práctica común, pues las redes de parentesco locales son de tal densidad que una denuncia perjudica más a la víctima y sus familiares. Verdaderamente es meterse en más problemas con los que mantienen el poder local.

    Un factor importante en la subordinación de las mujeres guarijías es la impunidad de que disfrutan los agresores. La impunidad es un fenómeno que afecta muchas regiones apartados del país y se presenta como un serio obstáculo para los habitantes de estas comunidades en donde no existen los derechos humanos sino todavía se opera la ley del más fuerte.

    “Muchos yoris roban a las muchachas, las desgracian y las dejan ahí tiradas como animales, pues ves que eso le pasó a Luz María, saliendo de un baile, como venía sola, un muchacho yori la agarró y la desgració, la dejó tirada como animal, luego fuimos a recogerla. Los yoris no hacen eso con las yoris, pues saben que la familia de ellas los buscan y los matan y nosotros no, pues dicen que Dios los castigan pero yo veo que no, que siguen ellos siempre igual de bien”. (Testimonio de una mujer guarijía).

    *Antropóloga INAH-Sonora Cortesía de la revista Germinal de Sonora

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