comunicación e información de la mujer
semana del 3 al 9 de octubre del 2000

  • MUJERES EN CHIAPAS

  • Participar sin violencia II

    Inés Castro Apreza. “Las mujeres tienen sus derechos”, dicen los pobladores en las comunidades de manera usual; tenemos “derecho a participar”, afirman muchas mujeres. Este ha sido, sin duda alguna, el mayor aprendizaje en Chiapas en los últimos años, al menos desde una perspectiva feminista.

    Es importante subrayar que ello no tiene que ver exclusivamente con el movimiento zapatista, sino con el proceso organizativo general de las mujeres indígenas y campesinas; un fenómeno incluso que abarca varios ámbitos de la vida y no únicamente el político, ya en sí mismo relevante. Lejos de la visibilidad inicial de la participación femenina en el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), cuando ya el tema se ha enfriado publicitariamente después de siete años de conflicto, podemos asegurar sin embages que nunca antes se ha vivido tal movimiento de mujeres con tal constancia y viveza. El hecho por sí solo es histórico.

    Sin embargo, también es necesario reconocer las limitaciones actuales del “derecho a participar”. No sólo en el sentido de carecer de espacios reales para la mujer en las estructuras comunitarias y de liderazgo de las organizaciones políticas. También en el hecho de que precisamente en el periodo 1994-2000 ha sido clara la correlación entre una mayor participación social y política de las mujeres y una mayor violencia contra ellas. Violencia de muchas caras e intensidades. Los datos abundan al respecto; todas y cada una de las regiones del estado podrían aportar los suyos. La correlación, por cierto, trasciende las posiciones políticas en uso.

    La independencia que la mujer gana al asumir los cargos de dirección en organizaciones productivas femeninas, ha sido contestada con la violencia material y física de quienes antes se beneficiaban del control masculino; hay ejemplos de cooperativas artesanales al respecto. La autonomía que la mujer gana o podría ganar a través del ingreso generado por su propia fuerza de trabajo, ha sido algunas veces cercenada por el cabeza de familia, estatus que aquella situación cuestiona por sí misma.

    Los liderazgos femeninos inusuales, al interior de las comunidades generan sospechas, rechazos, rumores infinitos que, por lo menos en tres casos, ha derivado en asesinatos de mujeres indígenas provenientes de comunidades y que ahora habitan las ciudades usualmente participativas femeninas, ha sido contestada con la violencia contra ellas. Violencia de muchas caras e intensidades. Los datos abundan al respecto; todas y cada una de las regiones del estado podrían aportar los suyos. La correlación, por cierto, trasciende las posiciones políticas en uso.

    El mal menor, en última instancia, puede ser el ostracismo, o los rumores y chismes simplemente, pero que, como en todas las sociedades, pueden hacer difícil la vida de las mujeres y sus familias.

    Durante mi estancia en Chiapas no ha cesado las noticias al respecto y la escasa literatura existente sólo confirma lo anterior. Lo extraño es su intrascendencia en los medios de comunicación, aunque quizá no tanto; el silencio es una constante en muchas sociedades. Romperlo, ciertamente, es una tarea urgente y necesaria.

    Esta es, pues, la otra historia de las mujeres en Chiapas que todavía está por escribirse de manera sistemática. Es la media naranja que no invalida la otra, pero la matiza, el derecho a participar se ejerce todos los días, desde hace varios años y con mayor intensidad desde 1994, en un contexto lamentablemente adverso.

    Esta es la otra cara de la moneda, en fin, que nos falta develar para repetirnos que no basta la revolución del pensamiento y las letras, por importante que sea en especial cuando toca tanto a hombres como a mujeres. Falta la revolución de la vida toda, y ella todavía está por hacerse de manera práctica.

    * Investigadora

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