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comunicación e información de la mujer semana del 17 al 23 de octubre del 2000 |
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Inés Castro Apreza. ¿Cómo sensibilizar sobre el hecho de que los “usos y costumbres” constituyen uno de los principales obstáculos para la liberación-concientización-autodesarrollo de la mujer indígena y campesina, cuando, paradógicamente, ha sido una de las orgullosas banderas de los pueblos indios en el lapso de 1994-2000? “Usos y costumbres” quiere significar una variedad de ideas y prácticas que, teóricamente, los pueblos indios tienen y ejercen desde hace mucho tiempo, tanto cuanto la memoria alcance. Lo cierto más bien es que indígenas y campesinos han estado sujetos a múltiples influencias --como cualquier otro grupo social que vive en una comunidad determinada--,de las cuales toman ideas y prácticas mezclándolas con las propias. Usos y costumbres supone, por ejemplo, distintas actividades diarias de hombres y mujeres en las comunidades, desde las más simples hasta las más complejas. En cierto sentido es similar el uso que damos en el mundo occidental al decir "es una costumbre" o "lo hago por costumbre", al imputado por indígenas y campesinos, quizá con la mayor salvedad de que el individualismo caracteriza al primero, mientras que al segundo, el colectivismo. “Usos y costumbres” incluye también la forma de solucionar algunos conflictos básicos, en donde el catequista suele jugar un papel decisivo en virtud del aura moral que le rodea. El catequista, por cierto, no es una figura milenaria sino forjada en el marco del proceso pastoral diocesano correspondiente al obispo Samuel Ruiz García. “Usos y costumbres” están, además, en la división social del trabajo intrafamiliar e intracomunitaria. Los hombres ejercen cargos públicos, las mujeres no; los hombres se vinculan mayormente con el mundo externo, las mujeres menos (el proceso político de 1994-2000 ha ayudado mucho en este sentido, pero no al punto de pensar que se ha avanzado suficiente en el terreno); los hombres poseen y trabajan la tierra, las mujeres sólo la trabajan, si bien en los poblados de más reciente creación (en la Selva Lacandona, señaladamente) la forma de tenencia de la tierra ya las incluye a ellas de alguna manera. Pero aún aquí se habla de que es "la costumbre", aunque ésta no tenga más de tres o cuatro décadas de vida. Creo, sin embargo, que lo más distintivo del abanico de “usos y costumbres” es lo relativo a la toma de decisiones, donde el "acuerdo" constituye el núcleo central del proceso. Aunque se puede demostrar que, al menos en ciertos casos, dicho proceso incluye la discusión de los problemas en espacios públicos previos o paralelos a la Asamblea de Comuneros o la Asamblea Ejidal, es aquí finalmente donde se tiene la última palabra. Es decir, donde los hombres tienen la última palabra. Salirse del "acuerdo" es romper “usos y costumbres” y, por tanto, se es digno del rechazo público en el menor de los casos, y de la expulsión del núcleo societal, en el extremo. ¿Cómo sostener la práctica del "acuerdo" en un contexto de creciente diversificación de intereses sociales, económicos, políticos y religiosos? La respuesta es única y definitiva: es imposible. Y esto explica en parte la serie de expulsiones, enfrentamientos y asesinatos que ha habido en Chiapas en las últimas tres décadas. La "voz" cede su paso a la "salida" o el "silencio" (forzado o voluntario), tal es el destino de indígenas y campesinos. Pero ello no constituye únicamente un rasgo de las prácticas puras de los pueblos indios. No. Hay que ver esta situación en el marco de la creciente pérdida de hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que tiene lugar hace tiempo y que cada día es más y más contundente, tanto en espacios urbanos como rurales. Los arreglos del gobierno cardenista con las élites indígenas locales en los años treinta dio pautas y normas para un proceso intracomunitario funcional a un régimen político particular. Creó en su seno, por cierto, los caciques bilingües que controlaron por mucho tiempo cooperativas de producción femeninas y masculinas, cargos religiosos, cargos municipales y oficinas centrales del PRI en los lugares respectivos. Después de las elecciones para presidente de la República del 2 de julio y del 20 de agosto de 2000 para gobernador del estado de Chiapas, se han escuchado voces en este sentido: "ya no votaremos por el PRI, porque ya no es el que gobierna"... Las próximas elecciones locales en el 2001 dará todavía más sorpresas sobre la recomposición de las fuerzas políticas y las preferencias sociales en las comunidades. ¿Puede seguir siendo funcional el "acuerdo" en tal contexto? De modo que los usos y costumbres están en una encrucijada político-cultural. Se les defiende verbalmente, pero en la práctica ya no funcionan; suponen un mundo homogéneo, cuando en la realidad se está lejos de ello hace tiempo, y si es que alguna vez existió de manera natural. Su ejercicio, por tanto, no puede significar en muchos casos sino autoritarismo puro y simple, cuando no una traba para el avance. Y en especial con respecto a la mujer: porque defender la idea de "lo hago por costumbre", perpetuar el status quo, cumplir al pie de la letra el "acuerdo" intracomunitario, ha supuesto para ella permanecer en el lugar de siempre, y algunas veces, incluso, le ha supuesto el retroceso. En contraposición, romper con tales usos y costumbres es lo que ha dado, precisamente, el realce de la participación de indígenas y campesinas en el paso 1994-2000 que cambia su vida toda. La pregunta tiene importantes connotaciones para el movimiento encabezado por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en particular, y para los pueblos indios en general.
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