comunicación e información de la mujer
semana del 27 de febrero al 5 de marzo del 2001

  • MUJERES SOMOS

  • Vivir del recuerdo

    Dunia Rodríguez*. Después de ocho hijos, la vida no puede ser la misma. A son de broma, la familia siempre dijo que la tía Juana era como un soldado en batallón: cuando no estaba de fusil, estaba de tambor. Eso es, siempre cargada. Y es que su marido con sus ansias de tener una familia tan grande como la suya la embarazó ocho veces. Ocho veces. Válganos la planificación.

    Y así, con todas sus palabras, se dice: la embarazó, porque la tía Juana realmente no tuvo tiempo ni de la cuarentena cuando otra vez se le anunciaba el embarazo. Criando a los chiquillos, cargando al más pequeño y esperando aquél que ya empezaba a abultar su vientre.

    La vida, decía, nos ha premiado con ellos. Y así lo ha creído siempre, que sus hijos son un regalo de Dios y los crió parejitos, como marimba. A ninguno le faltó que comer ni anduvo con los zapatos rotos, no. El tío y Juana les procuraban lo indispensable y hasta educación, que para sus condiciones de comerciantes de granos, es mucho decir.

    Ambos lucharon por el sustento, a jalones y estirones y aunque fueran frijoles nunca les faltó el alimento diario ni lo indispensable para la escuela. El resultado de su tremendo orgullo son: dos ingenieros y las seis mujercitas hechas y derechas y eso sí, bien casadas ¡faltaba más!

    El tío murió hace como 25 años. Dice Juana que de desvelo, pero sabe que las borracheras ahí lo llevarían. No más. El tío no llegó a ver más que a siete nietos, y no alcanzó la graduación de su hijo menor ni la boda de la más chica. La tía Juana lo rememora, quizá por la dificultad que tuvo cuando le faltó la ayuda para cargar las mercancías al puesto y atender a los hijos y la casa y ayudar a la hija mayor con sus dos hijos.

    Entre el vaivén de los recuerdos la tía Juana se instala lo mismo en la hilera de embarazos, en la felicidad de los nietos, en los trabajos para sacar dos ingenieros y entregar de blanco a sus hijas.

    Ahora, a sus 70 años, sola con la visita esporádica de su prole, la tía Juana vive del recuerdo. De los recuerdos que va sacando de la vitrina del comedor. Un objeto la lleva a hilar un recuerdo y otro más: un angelito del bautizo del nieto mayor, los ramos y azahares de las novias, el vaso con el emblema de la universidad donde se graduaron sus hijos, un salerito patinado de polvo de la boda del más chico, un cenicero con la fecha de la fiesta de quince años de la más pequeña que ya no vio su marido. Y en cada uno: la historia de una vida, las emociones que se le van desaguando por los ojos previo empedrado de voz.

    La tía Juan, digo, se parece a su vitrina: llena de cosas y cositas, desbarrigada, con el cajón central vencido, aún así, siempre tiene algo que contar con llanto o risa, algo...

    * Coordinadora de Prensa de CIMAC

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