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comunicación e información de la mujer semana del 15 al 21 de mayo del 2001 |
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Sara Lovera. En pleno siglo XXI se levanta el pasado depredador contra las mujeres. En el estado de México, una madrugada del 22 de abril del año 2000, Rocío Eugenia Mancilla Becerril fue muerta a golpes y a balazos por su marido, Gaspar Vargas Ríos. Este hombre, un año después fue sentenciado por homicidio “en estado de emoción violenta”, con pena mínima. Cosas del honor y el poder marital. Cosas del pasado, tremendamente insostenibles en una época de modernidad y mundo global. Cosas del subdesarrollo, diría un buen amigo periodista. El hombre fue sentenciado originalmente por el juez Jorge Salgado Jaramillo a dos años 10 meses 15 días de cárcel, poco más de tres mil pesos de multa y 15 días de trabajos a la comunidad, es decir, nada. El homicidio de ese hombre quedó impune, que debió ser sentenciado por homicidio agravado, debido a que existe un historial de agravios y violencia contra la hoy desaparecida Rocío Eugenia, y pruebas sicológicas que lo definen como violento. ¿Y sabe usted por qué? Simplemente porque el homicida se atuvo a una ley que lo ampara, un atenuante que en otros casos no existía o no es posible aplicarla. Ese fue el alegato, sostenido, hace 18 años para Elvira Luz Cruz, una mujer que se le acusó de matar a sus hijos. Ella sí, comprobado, perdió la razón; nunca, hasta ahora, se ha acordado de lo que en su casucha del Ajusco sucedió. Pero a ella le dieron 26 años de cárcel. La ley atenuante se encuentra en el articulo 243, fracción II, inciso A del Código Penal vigente del Estado de México. El atenuante es para personas que en efecto pierden su capacidad mental y realizan un acto delicuencial fuera de todo orden de consciencia. Se llama “estado de emoción violenta”. Pero Gaspar no estaba en esa circunstancia. Dijo que perdió la razón durante unos cuantos minutos, mientras golpeaba con la cacha de su pistola a Rocío Eugenia, y no se dio cuenta dice, no supo lo que hizo, y recuperó la razón en cuanto escuchó la detonación de la pistola con que se había armado, seguramente bajo la sospecha de que podía encontrar a su mujer en “manos de otro”. El juez dio por buena esta coartada. Se trataba de “entender” al agresor ofendido por su “dolor”. Gaspar era tan consciente que fraguó la coartada en el mismo momento en que asesinó a Rocío Eugenia, porque el señor es perito en asuntos penales y abogado con gran experiencia. Por supuesto que sabía lo que estaba haciendo. Pero pensar que su “honor” era “mancillado”, lo ha justificado. No contento con la pena por “estado de emoción violenta”, se inconformó, puso una demanda de apelación. ¿Y que cree que pasó? pues que le bajaron la pena a un año ocho meses de cárcel y menos de dos mil pesos de multa. La vida de una mujer en el estado de México, a través de esta triquiñuela, vale eso, menos de dos mil pesos. Y por supuesto en el estado de México no se ha legislado sobre violencia intrafamiliar. La familia de Rocío Eugenia ha buscado todas las alternativas posibles hasta ahora para que se le haga justicia. Pero nada. Lo que es sorprendente es que en estos tiempos se actúe como en la época romana. En tiempos de Roma, al marido que mata a su mujer sorprendida en adulterio, no es castigado, en cambio esta absolución no ampara a la mujer que mata a su cónyuge adúltero. Aulo Galio transcribe así el pensamiento de Catón, a menos de divorcio, el marido es juez de la mujer en vez de censor, sobre ella tiene el imperio absoluto, si ha hecho algo deshonesto o vergonzoso, si ha bebido vino o si ha faltado a la fe conyugal. Bueno pues, en eso pensó el juez segundo de lo penal, Jorge Salgado Jaramillo, ahí nada más, en Cuautitlán, Izcalli. Y por si fuera poco así lo ratificó, unos días después Reynaldo Astorga Covarrubias, de la segunda sala penal regional de Tlalnepantla, al bajar la pena al responsable de la muerte de Rocío Eugenia, y ha quedado claro que el marido tuvo sobre ella el imperio absoluto. ¡Faltaba más! Lo cierto es que este caso del pasado, del horror, de la idea de que el jefe de la familia es dueño, juez, ley y dios, no es algo original o escandaloso, es la vida diaria. Se sabe que hay trato desigual, hay impunidad en las agencias que deberían hacer justicia, por actos similares siempre se da a la mujer 30 por ciento más de cárcel , con la pena mayor, 50 años en homicidio agravado contra un marido adultero, incapaz, irresponsable, hostigador o golpeador, cuando muchas de ellas están, esas sí, realmente en el límite. ¿Cuántos maridos matarán en Tlalnepantla para ser impunes, cuántos en México?, seguro siempre encontrarán en jueces y agentes del Ministerio Público, socios y solidarios en su fechoría. * Coordinadora Ejecutiva de CIMAC
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